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jueves, 27 de agosto de 2015

Iguales ante los ojos de Dios



Nuestro concepto de la historia está en parte determinado por la enorme cantidad de cine americano que hemos visto y que seguimos viendo. Estoy pensando ahora en una película titulada “El patriota”, que trata de la guerra por la independencia de América del Norte contra la Corona Británica. El ejército americano está en clara desventaja en relación al ejército inglés y se hace necesario acudir a las inexpertas manos, en lo que a lo militar se refiere, de los granjeros. Uno de estos granjeros, el protagonista, se ve arrastrado a participar en la guerra porque delante de sus propios ojos un coronel británico asesina a uno de sus jóvenes hijos. En uno de los planos de la película se ve a este granjero arando la tierra, y en otro plano se ven sirvientes negros en su casa. ¿Un esclavista trabajando el mismo la tierra? Una visión idealizada y tergiversada de la realidad.
En el momento de reclutar a los granjeros, que libremente se sumaban a la guerra, uno de ellos se acerca a la mesa, donde los reclutas estampaban su firma, diciendo que él estaba impedido para la acción bélica pero que en su lugar iría su negro; se acerca este hombre negro, que no sabía leer ni escribir, y cuando su amo pretendía firmar por él, el protagonista ordena que el hombre negro haga una cruz, que eso valía como firma, manifestando con ese acto que no se hacía distinción entre blancos y negros. Es recurrente en el cine americano tratar el esclavismo no como una brutal y criminal explotación de los negros que comienza con el sangriento negocio, del que participaba ampliamente la propia corona británica, del tráfico y venta de esclavos, sino como un asunto ético: esclavistas que tratan bien a sus esclavos y esclavistas que tratan mal a sus esclavos; no se cuestiona verdaderamente al esclavismo, sino a la relación ética que los amos tienen con sus esclavos.
Tenemos, pues, un esclavo negro luchando por la independencia de América del Norte, por los intereses económicos de sus explotadores, y no por la abolición de la esclavitud, no por reclamar la propiedad de la enorme riqueza por los esclavos producida, que existe como propiedad privada en manos de los esclavistas.
En una ocasión uno de los milicianos desprecia a este hombre negro por no saber leer ni escribir, el hijo del protagonista, soldado del ejército de los sublevados, le dice que no se preocupe, que una vez alcanzada la independencia se edificará en América un verdadero Nuevo Mundo, donde todos serán iguales ante los ojos de Dios. Se gana la batalla decisiva, se gana la guerra, el protagonista vuelve a sus tierras, y en el lugar donde estaban las cenizas de su casa, fruto de la acción de los “malvados” casacas rojas, se estaba construyendo ahora una nueva casa para él y su familia; el hombre negro era uno de los que participaban en la edificación, éste le dice al protagonista: “ ahora todos somos iguales ante los ojos de Dios”, seguidamente se dirige a la esposa del protagonista, y, quitándose su sombrero, dice de modo servil: “señora”. La igualdad la verá Dios, que es todopoderoso, pero yo no la veo por ningún parte. Igualdad habría si el protagonista apareciera también trabajando en la construcción de una casa igual a la suya, para el hombre negro y su familia. Igualdad habría si el protagonista fuera propietario de lo que socialmente, junto a otros hombres negros, produce, ya sea como trabajador esclavo o como trabajador asalariado; pero tal igualdad está aún por llegar a este nuestro mundo que llamamos Tierra, y por eso es imposible representarla en el cine, ni mediante ningún otro arte.

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