Mataron a Pedro Páramo. Dicen que andan diciendo mataron a Pedro Páramo. No se sabe a ciencia cierta si lo que la noticia anuncia es en realidad realidad o es en realidad deseo; habrá que esperar un tanto. Habrá que esperar a que el eco venga de regreso, a ver si confirma o desmiente; no será larga la espera, porque en estos andurriales abandonados de Dios, distantes del conocido mundo, son breves siempre las distancias.
Rumores cuentan que fue el padre cura Rentería el que le arrancó la vida a Don Pedro, en venganza por las criminales tropelías del difunto Miguel Páramo, hijo del que al parecer es ya también difunto y alma reclamada por el diablo. En el infierno tienen ambas almas su destino; nunca se retira el diablo sin lo suyo. Voces que lo saben todo afirman que tal cosa es imposible, dado que el padre cura anda también metido en la revuelta, quien a un lado dejó abandonados la Cruz y el Cristo y quedó solo con la espada en forma de bayoneta. "No matarás", mandamiento que para el padre cura Rentería quedó en suspenso.
Abundio Martínez es el nombre que resuena con más ganas, verdadero y único hacedor del crimen. Pocas horas antes había dejado a su mujer tendida en improvisada cama en el patio de su casa, con el fin de que reposara, con el fin de que la descomposición de su cuerpo y el mal olor que a la descomposición acompaña demoraran su venida. Pasó primero que en llegando la medianoche su amada Refugio había desertado del bando de los vivos y en riguroso silencio se había pasado al bando de los muertos.
Abundio se alejó de su casa huyendo del dolor y de la pena, en busca del remedio que pudiera acrecentar su huida. Alcohol puro le sirvieron, de esa manera lo quería Abundio, de esa manera podría recorrer a mayor velocidad el camino de la evasión, tal era su argumento. Madre Villa le sirvió alcohol demás, bajo la promesa de que el bueno de Abundio le comunicara a su mujer difunta lo mucho que ella la apreciaba y la consideraba, y que la tuviera en cuenta cuando esta llegara a la gloria. Confirmada la promesa tomó el camino de vuelta a su casa, pero no se sabe qué lo desvió del sendero y lo empujó hacia la hacienda de Pedro Páramo, que allí lo estaba esperando; una espera no ordenada ni por Abundio ni por Pedro, ordenada por el destino, por los designios de Dios, que es quien, llegada la hora de la verdad, pone su infinito poder en anda, en esta parte tan desolada del mundo, un mundo donde la muerte y la vida no llegan nunca a separase tal como se separan el aceite y el agua.
Estaba Pedro Páramo en sus cosas, cosas propias de aquellos seres que han consumido ya la mayor parte de los años que fueron en su día futuro, cosas que constituyen el inamovible pasado, cosas que, como recuerdos, vagan sin descanso por los confines de la memoria tal como son desde el principio, antes de que la memoria también acabe por cambiar de estado y evaporarse. En su pensamiento siempre Susana San Juan, sin desdibujarse. La única mujer que amó verdaderamente. Susana la que murió dos veces, la primera, cuando comenzó a vivir encarcelada en su interior a oscuras, ahogada sin remedio en su locura— mandato de Dios, que dicen los que todo lo saben—, segunda, cuando vino la física muerte en su auxilio, liberándola de su espiritual sufrimiento, de los caminos sin meta, de las esperanzas muertas.
Abundio, dando tumbos, avanzando y retrocediendo, sin certero rumbo, cerrando los ojos para que el mundo dejara de moverse alrededor suyo, agarrándose al derretido y pegajoso suelo, subía aquella empinada ladera que lo empujaba hacia el todopoderoso Don Pedro; y en llegando le pidió ayuda para sufragar el entierro de su difunta. Abundio había ya vendido sus dos burros para pagar al médico que vino a desafiar en vano a la muerte que se esparcía por la indefensa existencia de Refugio, y no tenía ahora plata para afrontar los costes del más humilde entierro.
En silencio, con avasalladora indiferencia, como aquel que ni siente ni padece, sin mostrar pena ni remordimiento, Pedro Páramo, sin tan siquiera decir esta boca es mía, se pronunció mediante un ligero movimiento de cabeza. Segundos después Damiana Cisneros, su antigua y envejecida criada, echó a correr como alma que al diablo lleva, gritando: "están matando a Pedro Páramo, lo están matando". Tal griterío taladró los oídos de Abundio, que no entendía nada, al tiempo que descubría con asombro que la sangre de Don Pedro recalaba en sus manos y en su cuchillo. Se lo llevaron preso. El cacique corrió peor fortuna, de a poco, la muerte se lo llevó directo al purgatorio, a la espera del juicio final; lugar donde Dios decide si el destino del pecador es infierno o es firmamento.

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