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viernes, 3 de junio de 2016

La dictadura del canarismo

No soy independentista, pero tengo orgullo nacional, y es por eso que lucho cada día por la creación de una cultura canaria y un arte canario que vayan más allá de lo meramente folclórico, que vayan más allá de lo folclórico con pretensión de modernidad, que vaya más allá del puro localismo, que rompa con la dictadura de lo mezquino, lucho porque la música canaria no sea igual a música folclórica, lucho por elevar a música culta la música canaria, lucho por una cultura canaria y una arte canario que sean universales, como es universal la música alemana de Bach, de Beethoven; pero lucho en extrema minoría. Lucho contra los agentes de la cultura canaria, por ejemplo, los músicos creadores e intérpretes, que son siempre los mismos, que llevan muchos años siendo los mismos, que tiran siempre del mismo repertorio, “siete estrellas verdes” y ñoñerías parecidas, sujetos que son mucho más negociantes que artistas, y que imponen a diario su dictadura del vulgar y esquelético canarismo, impidiendo que la verdadera cultura, el verdadero arte, el que es fruto del elevado y profundo estudio, progrese luminosamente en esta nuestra pequeña patria. No se salen de las repetidas isas, de las de las repetidas folías, y cuando se salen de ese repetido y mezquino musical mundo, no van muy lejos, por su falta absoluta de capacidad musical para la creación, porque son unos músicos extremadamente incultos, a los que nuestras autoridades políticas, una y otra vez, les dan tribuna y dinero. ¿Cuánto tiempo han dedicado estos analfabetos musicales al estudio del noble y espiritual arte de la música? muy poquito tiempo, o ninguno. En Canarias, en el siglo XXI, la tribuna es para los mediocres, para los nacionalistas de pose, la tribuna es para los incultos, que lo son por decisión propia.
Estoy aquí delante de la parte artística, en el acto de entrega de Premios Canarias 2016, qué cosa más desoladora. En el mismo escenario donde generalmente impera la música culta, la música universal, para cuya creación e interpretación se precisan muchos años de estudio, de profundo estudio, está ahora la música mediocre, encarcelada en el localismo, para cuya creación e interpretación se precisa muy poco estudio o ninguno. A base de luces y puesta en escena nos venden gato por liebre, un gato cuyo contenido se mueve muy limitadamente entre el folclore canario, vestido con ropa de los domingos, y el bolero, porque en ese mundillo, por una absoluta falta de capacidad musical para la creación, cuando se le agotan las ideas musicales (que son muy pocas y muy pobres) se pasan del folclore canario a la música latinoamericana. Esta música, simple a más no poder, tiene siempre la misma textura: una melodía creada de oído (un oído no educado artísticamente) sobre un vulgar acompañamiento, acompañamiento que es un puro bulto sospecho, carente de valía artística y, por ello, insoportable de oír sin la presencia de la melodía, del discanto. Los intérpretes, músicos de oreja, sin preparación musical alguna, incapaces de cantar, aunque sólo sea a dos o tres voces, una creación coral bien elaborada en el contrapunto y en la armonía. Contrapunto, ni saben que eso existe, ni la edad que tiene, ¡siglos tiene de existencia el contrapunto! El Contrapunto es lo que necesita toda esa música para que funcione, como funcionan las obras de los maestros, el Contrapunto es el arte que te permite edificar el armazón a dos voces, que sostiene una obra musical artísticamente elaborada, las dos voces que forman el Discanto (la melodía) y el Bajo del acompañamiento. Estas criaturas no se han asomado nunca, para aprender el verdadero arte musical, a una obra de Mozart, de Bach, de Tchaikovsky, donde uno se encuentra con el pensamiento musical profundo de la armonía y el contrapunto, y con el complejo e intenso arte de la forma, que sólo lo pueden ver aquellos que se han preparado adecuadamente para ello, a base de muchos años de estudio, y no de cualquier estudio.
 

La música es la arquitectura del sonido; precisamente, si pudiéramos traducir a edificaciones esta música mostrada en el referido evento, no nos encontraríamos con
rascacielos, ni con los simples edificios de los polígonos (viviendas de los pobres), ni con humildes chalecitos, nos encontraríamos con un escandaloso y desolador chabolismo.
Me viene ahora a la cabeza un cuento de Pepe Monagas. Estaban unos cuantos en alta mar, el barco a la deriva, con el hambre y la sed cayéndoles encima, y uno de ellos, totalmente desfallecido, haciendo un último esfuerzo, dice -mire el “napa” Regorito- y Regorito abre el “napa” se pone a buscar ayudado de su dedo índice y dice - aquí veo unos puntitos, sin son nuestras islas estamos salvados, pero si son “cagás” de moscas ¡que Dios nos coja “confesaos”!
No quiero yo que las islas de este afortunado archipiélago donde vivimos, y crecen nuestros hijos, sean desde el punto de vista de la cultura, desde el punto de vista del arte, unas feas y desoladoras “cagás” de moscas. Sigo luchando; en minoría, pero no lucho solo.

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